Nuestra Señora del Perpetuo Socorro ¡un axulio incondicional!

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«Esta invocación es muy bonita porque indica la misericordia invariable de Nuestra Señora. El Perpetuo Socorro es un auxíliio, un acto de misericordia, de piedad perpetua, ininterrunpido, que no se detiene nunca, que no cesa nunca, que no se suspende nunca. Nunca quiere decir en ningún minuto; nunca quiere decir en ningún lugar; nunca quiere decir en ningún caso. Osea, por peor que sea la situación de quien recurra a Nuestra Señora, Ella es Madre de Misericordia y socorre siempre a los que a Ella se dirigen.» Plinio Corrêa de Oliveira

Si quisiéramos conocer los remotos orígenes del cuadro de la Virgen Madre del Perpetuo Socorro o de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, tendremos que remontarnos a los comienzos del cristianismo. Consta, por una tradición oriental, que San Lucas, evangelista, no sólo era médico y un perito conocedor de las letras, sino también pintor. Así, él habría pintado —cuando aún vivía la Virgen María— al menos un retrato de la Madre de Dios llevando en sus brazos al Niño Jesús. La Santísima Virgen al ver el ícono habría dicho: “Mi gracia lo acompañará”.

Al contemplar el cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, se verifica que el artista lo concibió con algunas modificaciones con relación al mencionado icono primitivo: la cabeza de la Virgen está inclinada hacia su divino Hijo, con una fisonomía regia, suave y profundamente triste. El Niño Jesús se vuelve a un lado, donde contempla atenta y seriamente algo que le atrae la atención. Él parece ver en espíritu los futuros sufrimientos de su vida, simbolizados en los instrumentos de la Pasión llevados por San Miguel y San Gabriel. Sus manitos aprietan la mano derecha de su Madre pidiendo protección; y, pormenor tocante, con su movimiento la sandalia del pie derecho se desata.

¿Cómo llegó hasta nosotros el milagroso cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro?

Era él venerado en una iglesia de la isla de Creta, donde obraba estupendos milagros. Pero fue robado por un rico comerciante, que lo llevó a Roma donde pretendía, tal vez, venderlo a un buen precio.

Pero no bien el navío levó anclas, se desencadenó una horrible tempestad que amenazaba sumergirlo. Los tripulantes, en el auge de la desesperación —sin la menor sospecha de la preciosa carga que estaba en riesgo de perderse— hicieron promesas a Dios y a la Santísima Virgen, y fueron atendidos, pues la tempestad se disipó, y días después el barco entraba en un puerto de Italia.

Después de la muerte del ladrón sacrílego, que felizmente murió arrepentido, la propia Virgen María, por una serie de apariciones en sueños a diversas personas, manifestó el deseo de ser venerada en la iglesia de San Mateo, en Roma.

No habiendo sido satisfecho su deseo, Nuestra Señora se apareció a una niña de seis años, hija de la mujer que mantenía en su poder el cuadro y le dijo: “Dile a tu madre y a tu abuelo que Santa María del Perpetuo Socorro os advierte que la llevéis de vuestra casa a una iglesia, si no moriréis dentro de poco”.

La referida mujer atendió la orden comunicada por Nuestra Señora y llevó el cuadro a la iglesia de San Mateo, de los Padres Agustinos, donde fue solemnemente entronizado el día 27 de marzo de 1499. Durante tres siglos la milagrosa imagen hizo de esta iglesia un centro glorioso de devoción, de peregrinaciones y de gracias maravillosas.

El año de 1798, Roma fue invadida por los revolucionarios franceses que destruyeron la iglesia de San Mateo. Los religiosos, guardianes de la imagen, fueron dispersos, llevándola consigo. Pero, a mediados del siglo XIX, Pío IX llamó a la Ciudad Eterna a los redentoristas, que se establecieron en el lugar de la antigua iglesia de San Mateo, y allí acabaron por descubrir la milagrosa imagen. Fue entonces ésta devuelta, por orden del Papa, en un cortejo triunfal a su trono, en la iglesia de San Alfonso, edificada en el lugar de la antigua iglesia de San Mateo.

El 23 de junio del año siguiente, la imagen fue solemnemente coronada bajo el tronar de los cañones y el repique de las campanas de las viejas basílicas, que anunciaban a la Ciudad Eterna el nuevo triunfo de la Bienaventurada Madre de Dios.

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