La Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres a su llegada desde España, se convirtió a los trece años en co-fundadora del Real Convento de la Inmaculada Concepción de Quito, abrazando de esa forma su extraordinaria vocación de ser un verdadero pararrayo entre la Justicia Divina y el mundo pecador.

Los Votos
A los quince años, la joven Mariana se incorporó al noviciado, consagrándose plenamente el 21 de Septiembre de 1579, a los dieciséis años de edad, cambiando su nombre Mariana Francisca por el de Mariana de Jesús. Mientras pronunciaba sus votos ante su tía, Madre María de Jesús Taboada, primera Abadesa del Convento, Mariana de Jesús entró en un éxtasis sublime durante el cual Nuestro Señor Jesucristo le mostraba la cruz que debía cargar en medio de todos los sufrimientos, persecuciones, enfermedades y tentaciones enormes que ella experimentaría para su propio bien y para el nuestro. La preservó solamente de tentaciones contra la pureza. Nunca tendría un solo pensamiento o inclinación contra esta virtud angelical.
Todo esto irritaba a Satanás, que furioso corría tras ella, buscando causarle daño físicamente, pues le era imposible dañar su alma. La hacía rodar las gradas con crueldad, se enredaba en sus pies y la hacía caer aun durante los actos de la Comunidad. Cuando servía la comida, buscaba hacerla caer con los platos y regar los alimentos. Cuando leía le borraba las letras.
A pesar de las embestidas del demonio, ella, valiente y siempre serena, conservaba aquella santa imperturbabilidad, propia de las almas sólidamente piadosas.
Vida de Penitencia
Luego de tomar sus Hábitos, Nuestro Señor otra vez le apareció, revelándole las horas y las penitencias que debía realizar durante la semana. Castigos tan severos que la Madre María Taboada temió por la salud de su sobrina. Sin embargo, Nuestro Señor había colocado en los labios de la penitente, una gota del agua cristalina de su propio Costado, fortificándola tan maravillosamente para todo lo que había pedido de ella.
Sus suplicios sólo pueden ser entendidos enteramente cuando consideremos que estaba llamada a ser una víctima por los pecados de nuestros días. Así por ejemplo, ella envolvía a excepción de sus manos y pies, completamente su inocente cuerpo en alambres con puntas de hierro, llevando así una vida penitencial y piadosa, cada vez más grande en la virtud.
Un día, en el año 1582, la Madre Mariana rezaba ante el Santísimo Sacramento en el Coro Alto del Convento, cuando escuchó un estruendo aterrorizante y vio la iglesia envuelta en una densa oscuridad. Solamente el altar principal seguía iluminado, como si fuera plena luz del día.
Súbitamente, se abrió la puerta del tabernáculo, y apareció Nuestro Señor Crucificado, clavado en una cruz de tamaño natural. La Santísima Virgen, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena permanecían juntos, como en el Calvario, mientras Nuestro Señor agonizante decía:
“Este castigo es para el siglo XX”
Luego vio tres espadas que pendían sobre la cabeza de Nuestro Señor, cada una con una inscripción. En la primera decía: “castigaré la herejía”; en la segunda, “castigaré la blasfemia”; y en la tercera, “castigaré la impureza”.
Entonces la Santísima Virgen se dirigió a la religiosa: “Hija mía, deseáis sacrificarte por los pecadores?”
La santa religiosa aceptó. Enseguida las tres espadas, fulminándola violentamente, perforaban y se hundían en su corazón, para la salvación de muchas almas, quedando sin vida a los Pies del Dios Sacramentado.
Al día siguiente, La joven religiosa, siempre primera en todos los actos de la comunidad, no compareció, por lo que la abadesa y las otras monjas fueron en su búsqueda, encontrando su cuerpo en el Coro Bajo y con enorme tristeza lo llevaron a su celda, colocándolo sobre su cama.
El doctor, de nombre Sancho, y los Frailes Franciscanos – bajo cuya tutela se hallaba el Convento de las Conceptas -, fueron llamados de inmediato. Don Sancho confirmó la muerte de la santa monja recomendando un entierro apropiado.
Afuera, los habitantes de Quito y alrededores, clamaban en las puertas del convento por ver el cuerpo de su querida benefactora, pues la Madre Mariana se había hecho muy conocida al haber ayudado a muchos con sus consejos, su penitencia, sus oraciones e incluso con sus milagros.
Su retorno a la tierra…
La Madre Mariana apareció ante el Divino Juez, Quien no encontrando ninguna falta en ella, le dijo:
“Venid amada de mi Padre, y recibid la corona que hemos preparado para ti desde el inicio de los tiempos”.
Se hallaba ella por consiguiente con una felicidad indescriptible, en la Corte Celestial ante la Santísima Trinidad y la Santísima Virgen.
Mientras tanto, en la tierra, las oraciones de la Madre María Taboada y de todas las religiosas, así como de los Padres Franciscanos y de los quiteños en general, se elevaron al trono del Altísimo. Las Madres del Convento, no podían concebir el vivir sin quien era el pararrayos verdadero de la Justicia de Dios para su comunidad. Suspiraban y lloraban, pidiendo a Dios para tenerla de vuelta.
Queriendo escuchar las súplicas de sus hijos en la tierra, Nuestro Señor le presentó a la Madre Mariana dos coronas, una de gloria y otra de lirios entrelazados con espinas, instándola a elegir una de ellas. Escogiendo la corona de la gloria permanecería en el Cielo lo cual era su derecho, pero eligiendo la otra, ella volvería a la tierra y reasumiría su sufrimiento.
La humilde religiosa entonces pidió a su Amado Esposo que eligiera por ella.
“No!”, contestó Nuestro Señor. “Cuando te tomé como esposa probé tu voluntad, y deseo ahora hacer lo mismo.”
Intervino entonces María Santísima diciendo:
“Hija mía, dejé las glorias del Cielo y volví a la tierra para proteger a mis hijos. Deseo que me imites en esto, porque tu vida es muy necesaria para mi Orden de la Inmaculada Concepción” (Según la Mística Ciudad de Dios, escrita por Santa María de Jesús de Ágreda, Religiosa y Mística Concepcionista, Nuestra Señora fue llevada al Cielo en el día de la Ascensión de Nuestro Señor y le fue presentada también la opción de permanecer o volver a la tierra para ayudar a la Iglesia, recién fundada).

“Qué aflicción para esta colonia en el siglo XX!» continuó Nuestra Señora, “si para entonces no hay almas que, con su vida de sacrificio y de holocausto, sigan tu ejemplo y apacigüen la Justicia Divina, el fuego vendrá del cielo y consumiendo a sus habitantes, purificará Quito.”
Al conocer que la Voluntad Divina era su regreso a la tierra, la Madre Mariana pidió a Nuestra Señora todo el valor y el conocimiento necesarios para formar y conquistar almas para Dios dentro y fuera de su Convento.
En ese momento en la tierra, el Superior Franciscano, inspirado por Dios, se dirige al cuerpo de la Madre Mariana que yacía en el lecho diciendo: «En nombre de la Santa Obediencia, te ordeno Madre Mariana que si estás muerta, tu alma regrese al cuerpo y recobrando la vida nos relates lo que sucedió».
Enseguida, tras un suspiro y ante el asombro de su tía, la Madre Abadesa y del doctor don Sancho, la Santa Fundadora abrió sus ojos procediendo luego a relatarle al Padre Director todo cuanto vivió en el Paraíso.
Poco después retomaría la vida contemplativa pero con mayor esmero y dedicación.
Estigmas y desolación
En la noche del 17 de Septiembre de 1588, mientras rezaba, recibió las heridas santas de Nuestro Señor Jesús en sus manos, costado y pies, provocándole terribles dolores por lo que tuvo que ser ayudada a llegar a su lecho. Los estigmas aparecían en las palmas de sus manos y las plantas de sus pies, como herida de clavos; en su costado apareció una marca roja muy profunda a manera de herida de lanza.
La enfermedad se prolongó y su cuerpo quedó transformado en una sola llaga. En medio de dolores atroces le era imposible tragar alimentos y no podía mover ningún miembro de su cuerpo. Dios Nuestro Señor le retiró sus consuelos abandonándola a sufrir las penas de un condenado.
Sin embargo, la Madre Mariana nunca dejó de rezar y sobretodo jamás abandonó sus oraciones de media noche y tres de la madrugada.
Agravando sus sufrimientos, el demonio hizo lo máximo para tentarla, insinuándole que su vida había sido inútil. La rondó alrededor de su cama constantemente en forma de una horrible serpiente, visión que la atormentó de manera incesante.
Fue en esta terrible prueba, que duraba ya cinco meses, que el demonio interpuso todo su empeño en martirizarla. La Madre Mariana fue llevada a instancias en que todos los actos de heroísmo en su lucha contra el mal le parecían crímenes, sus buenas obras le parecían obras de perdición, y su propia vocación, era para ella un engaño y una vana ilusión. Asistía a una visión del propio infierno y se creía convencida de su propia perdición, sintiendo ya desprenderse el alma de su cuerpo y la caída de éste en el fuego eterno. Agotando un último esfuerzo, invocó a la Santísima Virgen diciéndole:
“Estrella del mar, María Inmaculada, la frágil embarcación de mi alma está por naufragar. Las aguas de la tribulación me ahogan. ¡Sálvame, pues perezco!”.
Entonces, sintiendo una mano acariciar su cabeza, miró hacia arriba y vio a la Reina del Cielo, hermosa, bondadosa y majestuosa en un nimbo de luz. Fue así que pudo moverse y no vio más a la horrible serpiente, la cual en medio de un estruendoso grito se precipitó en el infierno provocando un estruendo similar al de un temblor.
El Santo Rosario
Tras el pavoroso ruido, la Madre Abadesa junto a la enfermera fueron a asistirla y vieron que
su cuerpo había recobrado sus movimientos. La Madre Mariana ante las bondades inefables de Nuestra Señora para con ella, las instó a rezar el Rosario en agradecimiento a su Divina Protectora.
La Santa religiosa entonó luego la Letanía Lauretana siendo seguida con gran alegría por las presentes quienes nunca sintieron sus corazones abrazados del amor a Dios, como en aquellos instantes sublimes en que rezaron junto a la Sierva de Dios.
Segunda resurrección
Había ya transcurrido un año desde su recaída y su condición empeoró. El Doctor había dictaminado que debido a su vida de penitencia la médula de sus huesos se había secado y sólo tenía vida en su corazón.
A la mañana siguiente, sucedería lo inimaginable… Al reunirse las religiosas en el Coro Alto para rezar el Oficio, encontraron ante el asombro de todas, a la Madre Mariana rezando junto a ellas..! Tal como su Divino Esposo, al cual intentó imitar en todo, había resucitado la mañana de Pascua y había sido devuelta a la vida una vez más para continuar a través de sus sufrimientos, luchando por la salvación de las almas.

Son tantas los beneficios de la salutación angélica, dijo, que los humanos no lograrán comprenderla.
Unas religiosas querían atenuar la Regla, se rebelaron, pero la muerte de la principal lideresa murió y las demás pensaron que era mejor la obediencia.
Jesús en una ocasión le mostró cómo su Sangre se derramaba en gran abundancia y dijo: En este mar de Sangre de mi corazón, estoy pronto a purificar a quienes deseen arrepentirse. Convirtamos nuestros hogares donde Jesús se sienta a gusto.
El 2 de mayo de 1897, en Quito esbirros de la masonería entraron en casa de los sacerdotes jesuitas y profanan el altar y el sagrario. Y esto lo ven antes las Madres y Dios les pide reparación.
En una de sus visiones, la Virgen le dice: La tribulación con la que hoy mi Hijo te bendice, se fortifica tu alma. ¡Cuántos crímenes ocultos se comenten en sus ciudades! Pero las religiosas serán poderosas para aplacar la ira divina y conseguir grandes bienes para los demás.
En el siglo XIX vivirá un presidente verdaderamente cristiano. Él consagrará la nación al Corazón de Jesús, y será mártir, será asesinado por los masones y tomaran estos el poder; pero esa consagración perdurará.
No es la vida ni la salud ni la cárcel lo que quiero para ti, sino que sufras las penas del infierno por cinco años, para salvar a la hermana que está causando estos pleitos en el convento.
La Virgen le explicó que algunas religiosas se condenan por su culpa, y otras viven en heroica y oculta santidad, y esas almas detendrían los castigos sobre el mundo y Ecuador.
¡Ay! de los niños de este tiempo, difícilmente recibirán el sacramento del Bautismo y la Confirmación. Habrá enormes sacrilegios públicos y ocultos. Serán rechazados los sacramentos porque faltará el espíritu cristiano.
El estado general de la Iglesia y del mundo para el siglo XX lo describe la Virgen a la Madre. Explica que muchos van a privar a las almas de la Unción de enfermos. En cuanto al sacramento del matrimonio, que simboliza la unión de Cristo con su Iglesia, será atacado y profanado en toda la extensión de la palabra, la masonería va a elaborar e imponer leyes inicuas con el objeto de extinguir ese sacramento, facilitando a todos vivir mal. Aumentados los efectos de la educación laica, disminuirán las vocaciones sacerdotales y religiosas. El demonio procurará perseguir a los ministros de Dios y tratará de corromperlos.
Este aparente triunfo de Satanás, atraerá sufrimientos enormes a los buenos pastores de la Iglesia. El Papa derramará secretas y amargas lágrimas suplicando por el clero del universo.
En esa época habrá un lujo exagerado, le dice Nuestra Señora, que conquistará almas frívolas. No se encontrará pudor en las mujeres ni inocencia en los niños.
Se callará a aquel que a su tiempo debió hablar.
La devoción a la Virgen será el pararrayo colocado entre la divina justicia y el mundo prevaricador. Nuestra Madre habla sobre el clero: Todo Obispo debe ser padre con toda clase de personas, sin acepción de personas. Todas las criaturas son iguales en sus almas. Las que se condenan son porque así lo quieren.
Debes de saber que la vida mortal es el tiempo para las criaturas, pero vendrá el tiempo de Dios, en que dará sentencia con equidad. Nada te preocupe, la perfección de la Obra corre por mi cuenta.
A la Madre se le aparecen los tres Arcángeles y se le dice que apoyarán la obra de santificación de las almas. Todas las almas son seres nobilísimos.
La Virgen pide que se haga una estatua de Ella, de tamaño natural, así que llaman a un escultor. Es una imagen comenzada por mano humana y terminada por los Arcángeles.
Fuente: https://youtu.be/AKW3WYI7kqk
2ª parte: https://youtu.be/m4LIBCUF1Go