VIA CRUCIS

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Escrito por el Profesor PLINIO CORREA DE OLIVEIRA

I Estación

Jesús es condenado a muerte

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

El juez que cometió el crimen profesional más monstruoso de toda la historia no fue impulsado a ello por el tumulto de ninguna pasión ardiente. No lo cegó el odio ideológico, ni la ambición de nuevas riquezas, ni el deseo de complacer a ninguna Salomé. Lo movió a condenar al Justo el recelo de perder el cargo pareciendo poco celoso de las prerrogativas del Cesar; el miedo de crear para si complicaciones políticas, desagradando al populacho judío; el miedo instintivo de decir “no”, de hacer lo contrario de lo que se pide, de enfrentar el ambiente con actitudes y opiniones diferentes de las que en el imperan

   Vos, Señor, lo mirasteis por largo tiempo con aquella mirada que en un segundo obró la salvación de Pedro. Era una mirada en la que trasparecía vuestra suprema perfección moral, vuestra infinita inocencia, y sin embargo él os condenó.

¡Oh, Señor cuantas veces mite a Pilatos!

Cuantas veces por amor a mi carrera dejé que en mi presencia la ortodoxia fuese perseguida, y me callé.

   ¡Cuántas veces presencie de brazos cruzados la lucha y el martirio de lo que defienden vuestra Iglesia! Y no tuve el coraje de darles siquiera una palabra de apoyo, por la abominable pereza de enfrentar a los que me rodean, de decir “no” a los que forman mi ambiente, por el miedo de ser “diferentes de los demás”. Como si me hubieseis creado, Señor, no para imitaros sino para imitar servilmente a mis compañeros.

   En aquel instante doloroso de la condenación, Vos sufristeis por todos los cobardes, por todos los indolentes, por todos los tibios…por mí, Señor.

   Jesús mío, perdón y misericordia. Por la fortaleza de que me disteis ejemplo desafiando la impopularidad y enfrentando la sentencia del magistrado romano, curad en mi alma la llaga de la molicie.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

        II Estación

Jesús lleva la Cruz a cuestas

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Se inicia así, mi adorado Señor, vuestra peregrinación hacia el lugar de la inmolación. No quiso el Padre Celestial que fueseis muerto de un golpe fulminante. Vos habríais de enseñarnos en vuestra Pasión, no solo a morir, sino a enfrentar la muerte. Enfrentarla con serenidad, sin vacilación ni flaqueza, caminando hacia ella con el paso resuelto del guerrero que avanza hacia el combate; he ahí la admirable lección que me dais.

   Frente al dolor, Dios mío, cuanta es mi cobardía. Ora contemporizo antes de tomar mi cruz; ora retrocedo traicionando el deber; ora por fin, yo lo acepto, mas con tanto tedio, tanta molicie, que parezco odiar el fardo que vuestra voluntad me pone sobre los hombros.

   En otras ocasiones, cuantas veces cierro los ojos para no ver el dolor. Me ciego voluntariamente con un optimismo estúpido, porque no tengo el coraje de enfrentar la prueba, por eso me miento a mi mismo: “no es verdad que la renuncia a aquel placer se me impone para que no caiga en pecado; no es verdad que debo vencer aquel habito que favorece mis más entrañadas pasiones; no es verdad que debo abandonar aquel ambiente, aquella amistad, que minan y arruinan toda mi vida espiritual; no, nada de esto es verdad…”. Cierro los ojos, y arrojo a un lado mi cruz.

   ¡Jesús mío, perdonadme tanta pereza, y por la llaga de la Cruz abrió en vuestros hombros, curad, Padre de las Misericordias, la llaga horrible que en mi alma abrí con años enteros vividos en el relajamiento interior y en la condescendencia conmigo mismo!

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

III Estación

Jesús cae por primera vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¿Entonces Señor? ¿No podías abandonar vuestra Cruz? Pues si la cargasteis hasta que todas vuestras fuerzas se agotasen, hasta que por el peso insoportable del madero cayeses en el suelo, ¿no estaba totalmente probado que os era imposible continuar? Habíais cumplido vuestro deber. Que los ángeles del Cielo llevasen ahora por Vos la Cruz. Vos habíais sufrido en toda la medida de lo posible. ¿Podíais dar más?

Sin embargo, obrasteis de otro modo, y disteis a mi cobardía una alta lección. Agotadas vuestras fuerzas, no renunciasteis al peso, sino que todavía pedisteis más fuerzas, para cargar de nuevo la Cruz. Y las obtuvisteis.

Hoy en día es difícil la vida del cristiano. Obligado a luchar sin tregua contra sí mismo, para mantenerse en la línea de los Mandamientos, parece una excepción extravagante en un mundo que alardea, en la lujuria y en la opulencia, la alegría de vivir. Señor, nos pesa en los hombros la cruz de la fidelidad a vuestra Ley. Y a menudo el aliento parece que nos falta.

En estos instantes de prueba, sofisma: “Ya hicimos todo lo que nosotros podíamos. Pues al fin y al cabo son muy limitadas las fuerzas del hombre. Dios lo tendrá en cuenta… Dejemos caer la cruz a la vera del camino y hundámonos suavemente en la vida del placer”. ¡Ah, cuántas cruces abandonadas a la vera de nuestros caminos, quizás a la vera de mis caminos! Dadme, Jesús, la gracia de quedarme abrazado a mi cruz, aun cuando yo desfallezca bajo el peso de misma. Dadme la gracia de levantarme siempre que haya desfallecido. Dadme, Señor, la gracia suprema de nunca salir del camino por donde debo llegar a lo alto de mi propio calvario.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

IV Estación

Jesús se encuentra con su Madre

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¿Quién, Señora, viéndote llorar, osaría preguntar por qué lloráis? Ni la Tierra, ni el mar, ni todo el firmamento, se podrían comparar con vuestro dolor. Dadme, Madre mía, un poco, por lo menos, de ese dolor. Dadme la gracia de llorar a Jesús, con las lágrimas de un dolor de conciencia sincero y profundo.

Sufrís en unión Jesús. Dadme la gracia de sufrir como Vos y como Él. Vuestro mayor dolor no fue por contemplar los inexpresables padecimientos corporales de vuestro Divino Hijo. ¿Qué son los males del cuerpo en comparación con los del alma? ¡Si Jesús sufriese todos aquellos tormentos, pero a su lado hubiera corazones compasivos…! ¡Como si el odio más estúpido, más injusto, más desmañado, no hiriera al Sagrado Corazón enormemente más de lo que el peso de la Cruz y los malos tratos que herían el cuerpo de Nuestro Señor! Pero la manifestación tumultuosa del odio y de la ingratitud de aquellos a quienes Él había amado… a unos pasos de ahí, estaba un leproso a quien había curado… más lejos un ciego a quien había curado la vista… poco más allá un sufridor a quien había devuelto la paz. Y todos pedían su muerte, todos le odiaban, todos le injuriaban. Todo esto hacía sufrir a Jesús inmensamente más que los inexpresables dolores que pesaban sobre su Cuerpo.

Y había algo peor, había el peor de los males. Había el pecado, el pecado declarado, el pecado manifiesto, el pecado atroz. ¡Si todas aquellas ingratitudes fuesen hechas al mejor de los hombres, pero, por absurdo, no ofendiesen a Dios…! Pero ellas eran hechas al Hombre Dios, y constituían contra toda la Trinidad Santísima un pecado supremo. He aquí el mal mayor de la injusticia y de la ingratitud.

Este mal no está solamente en herir los derechos del bienhechor, sino también en ofender a Dios. Y de tantas y tantas causas de dolor, la que más os hacía sufrir, Madre Santísima, Redentor Divino, era ciertamente el pecado.

¿Y yo? ¿Me acuerdo de mis pecados? ¿Me acuerdo, por ejemplo, de mi primer pecado, o de mi pecado más reciente? ¿De la hora en que lo cometí, del lugar, de las personas que me rodeaban, de los motivos que me llevaron a pecar? Si yo hubiese pensado en toda la ofensa que os causa un pecado, ¿habría osado desobedeceros, Señor?

Oh, Madre mía, por el dolor del santo Encuentro, dadme la gracia de tener siempre delante de los ojos a Jesús Sufridor y Llagado, exactamente como Lo visteis en este paso de la Pasión.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

V Estación

Jesús es ayudado a llevar la Cruz por el Cirineo

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¿Quién era este Simón? ¿Qué se sabe de él, sino que era de Cirene? ¿Y qué sabe la mayoría de los hombres sobre Cirene, sino que era la tierra de Simón? Tanto el hombre como la ciudad surgieron de la oscuridad para la gloria, y para la más alta de las glorias, que es la gloria sagrada, en un momento en que eran muy distintos los pensamientos del Cirineo.

Él andaba despreocupado por la calle. Pensaba solamente en los pequeños problemas y en los pequeños intereses de que se compone la vida menuda de la mayor parte de los hombres. Pero Vos, Señor, cruzasteis su camino con vuestras Llagas, vuestra Cruz, vuestro inmenso dolor. Y a este Simón le tocó tomar posición ante Vos. Lo forzaron a cargar la Cruz con Vos. O él la cargaría malhumorado, indiferente a Vos, procurando volverse simpático al pueblo por medio de algún nuevo modo de aumentar vuestros tormentos de alma y de cuerpo; o la cargaría con amor, con compasión, desdeñoso del populacho, procurando aliviaros, procurando sufrir en sí un poco de vuestro dolor, para que sufrieseis un poco menos. El Cirineo prefirió padecer con Vos. Y por esto su nombre es repetido con amor, con gratitud, con santa envidia, desde hace dos mil años, por todos los hombres de fe, en toda la faz de la tierra, y así continuará siendo hasta la consumación de los siglos.

También Jesús mío, Vos pasasteis por mis caminos. Pasasteis cuando me llamasteis de las tinieblas del paganismo para el seno de vuestra Iglesia, con el santo Bautismo. Pasasteis cuando mis padres me enseñaron a rezar. Pasasteis cuando en las clases de catecismo comencé a abrir mi alma para la verdadera doctrina católica. Pasasteis en mi primera Confesión, en mi primera Comunión, en todos los momentos en que vacilé y me amparasteis, en todos los momentos en que caí y me levantasteis, en todos los momentos en que pedí y me atendisteis.

¿Y yo, Señor? Aun ahora pasáis por mí en este ejercicio del viacrucis. ¿Qué hago cuando vos pasáis por mí?

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

VI Estación

La Verónica limpia el rostro de Jesús

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
A primera vista se podría decir que nunca hubo en la Historia un premio tan grande. En efecto, ¿qué rey tuvo en sus manos una tela tan rica como aquel Velo? ¿Qué general tuvo bandera más augusta? ¿Qué gesto de coraje y dedicación fue recompensado con favor más extraordinario? Sin embargo, hay una gracia que vale mucho más que la de poseer milagrosamente estampada en un velo la Santa Faz del Salvador. En el Velo, la representación del Rostro divino fue hecha como en un cuadro. En la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, es hecha como en un espejo. En sus instituciones, en su doctrina, en sus leyes, en su unidad, en su universalidad, en su insuperable catolicidad, la Iglesia es un verdadero espejo en el cual se refleja nuestro Divino Salvador. Más aún, Ella es el propio Cuerpo Místico de Cristo. ¡Y nosotros, todos nosotros, tenemos la gracia de pertenecer a la Iglesia, de ser piedras vivas de la Iglesia! ¡Cómo debemos agradecer este favor! No nos olvidemos, sin embargo, de que “noblesse oblige”. Pertenecer a la Iglesia es una cosa muy alta y muy ardua. Debemos pensar como la Iglesia piensa, sentir como la Iglesia siente, actuar como la Iglesia quiere que procedamos en todas las circunstancias de nuestra vida. Esto supone un sentido católico real, una pureza de costumbres auténtica y completa, una piedad profunda y sincera. En otros términos, supone el sacrificio de una existencia entera. ¿Y cuál es el premio? Christianus alter Christus. Yo seré de modo eximio una reproducción del propio Cristo. La semejanza de Cristo se imprimirá, viva y sagrada, en mi propia alma. Ah, Señor, si es grande la gracia concedida a la Verónica, cuánto mayor es el favor que a mí me prometéis. Os pido fuerza y resolución para, por medio de una fidelidad a toda costa, alcanzarlo verdaderamente.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

VII Estación

Jesús cae por segunda vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Caer, quedar echado en el suelo, quedar a los pies de todos, dar pública manifestación de no tener ya más fuerzas, son éstas las humillaciones a las cuales Vos quisisteis sujetaros, Señor, para mi lección. De Vos nadie se compadeció. Redoblaron las injurias y los malos tratos. Y mientras tanto Vuestra gracia solicitaba en vano, en lo íntimo de aquellos corazones empedernidos, un movimiento de piedad. Aún en este momento quisisteis continuar vuestra Pasión para salvar a los hombres. ¿Qué hombres? Todos, incluso los que allí estaban aumentando de todos los modos vuestro dolor. En mi apostolado, Señor, deberé continuar aún cuando todas mis obras estén por el suelo, aún cuando todos se unieren para atacarme, aún cuando la ingratitud y la perversidad de aquellos a quienes quise hacer el bien se vuelvan contra mí. No tendré la flaqueza de cambiar de camino para agradarlos. Mis vías sólo pueden ser las vuestras, esto es las vías de la ortodoxia, de la pureza, de la austeridad. Pero, en vuestros caminos sufriré por ellos. Y unidos mis dolores imperfectos a vuestro dolor perfecto, a vuestro dolor infinitamente precioso, continuaré haciéndoles bien. Para que se salven, o para que las gracias rechazadas se acumulen sobre ellos como brasas ardientes, clamando por castigo. Fue lo que hicisteis con el pueblo deicida, y con todos aquellos que hasta el final os rechazaron.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

VIII Estación

Jesús consuela a las hijas de Jerusalén

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En aquel entonces no faltaron las almas buenas, que percibían la enormidad del pecado que se practicaba y temían la justicia divina.

¿No presencio yo así algún pecado? Hoy en día, ¿no es verdad que el Vicario de Cristo es contestado abandonado, traicionado? ¿No es verdad que las leyes, las instituciones, las costumbres son cada vez más hostiles a Jesucristo? ¿No es verdad que se construye todo un mundo, toda una civilización basada sobre la negación de Jesucristo? ¿No es verdad que Nuestra Señora habló en Fátima señalando todos estos pecados y pidiendo penitencia?

Sin embargo, ¿dónde está esa penitencia? ¿Cuántos son los que realmente ven el pecado y quieren señalarlo, denunciarlo, combatirlo, disputarle paso a paso el terreno, y levantar contra él una cruzada de ideas, de actos, por la fuerza si fuere necesario? ¿Cuántos son capaces de desplegar el estandarte de la ortodoxia absoluta y sin mancha, en los propios lugares donde campea la impiedad o la falsa piedad? ¿Cuántos son los que viven en unión con la Iglesia este momento que es trágico como trágica fue la Pasión, este momento crucial de la historia en que una humanidad entera está optando por Cristo o contra Cristo?

¡Ah, Dios mío, cuántos miopes que prefieren no ver ni presentir la realidad que les entra por los ojos! ¡Cuánta calma, cuánto pequeño bienestar, cuánta pequeña delicia rutinaria! ¡Cuánto plato exquisito de lentejas para comer!

Dadme, Jesús, la gracia de no ser de este número. La gracia de seguir vuestro consejo, esto es, de llorar por nosotros y por los nuestros. No con un llanto estéril, sino con un llanto que se echa a vuestros pies, y que, fecundado por Vos, se transforma para nosotros en perdón, en energías de apostolado, de lucha, de intrepidez.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

IX Estación

Jesús cae por tercera vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Estáis, Señor mío, más cansado, más débil, más llagado, más exhausto que nunca. ¿Qué os espera? ¿Llegasteis hasta el final? No. Exactamente lo peor va a ocurrir ahora. El crimen más atroz aún está por ser cometido. Los mayores dolores van a ser sufridos. Caísteis por tierra por la tercera vez y, sin embargo, todo lo que quedó atrás no es sino un prefacio. Y he aquí que os veo nuevamente moviendo ese Cuerpo que está totalmente llagado. Sucede lo que parecía imposible, y una vez más os ponéis de pie lentamente, aunque cada movimiento sea para Vos un dolor más. Ahí estáis, Señor, levantado, otra vez … con vuestra Cruz. Supisteis encontrar nuevas fuerzas, nuevas energías, y continuáis. Tres caídas, tres lecciones iguales de perseverancia, cada una más hiriente y más expresiva que la otra.

¿Por qué tanta insistencia? Porque es insistente nuestra cobardía. Nos decidimos a tomar nuestra cruz, pero la cobardía vuelve siempre a la carga. Y para que ella quedase sin pretextos en nuestra flaqueza, quisisteis Vos mismo repetir tres veces la lección.

Sí, nuestra flaqueza no puede servirnos de pretexto. La gracia, que Dios nunca niega, puede lo que las fuerzas meramente naturales no pueden.

Dios quiere ser servido hasta el último aliento, hasta agotar la última energía, y multiplica nuestras capacidades de sufrir y de actuar, para que nuestra dedicación llegue a los extremos de lo imprevisible, de lo inverosímil, de lo milagroso. La medida de amar a Dios consiste en amarlo sin medida, dijo San Francisco de Sales. La medida de luchar por Dios consiste en luchar sin medida, diríamos nosotros.

Yo, sin embargo, ¡cómo me canso en seguida! En mis obras de apostolado, el menor sacrificio me detiene, el menor esfuerzo me causa horror, la menor lucha me pone en fuga. Me gusta el apostolado, sí. Un apostolado enteramente conforme a mis preferencias y fantasías, al que me entrego cuando quiero, como quiero y porque quiero. Y después juzgo haber dado a Dios una inmensa limosna.

Pero Dios no se contenta con esto. Para la Iglesia, El quiere toda mi vida, quiere organización, quiere sagacidad, quiere intrepidez; quiere la inocencia de la paloma, pero también la astucia de la serpiente; la dulzura de la oveja, mas también la cólera irresistible y avasalladora del león. Si fuera preciso sacrificar carrera, amistades, vínculos de parentesco, vanidades mezquinas, hábitos inveterados, para servir a Nuestro Señor, debo hacerlo. Pues este paso de la Pasión me enseña que a Dios debemos darlo todo, absolutamente todo, y después de haberlo dado todo aún debemos dar nuestra propia vida.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

X Estación

Jesús es desnudado de sus vestiduras

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Todo, sí, ¡absolutamente todo! Hasta vergüenza debemos sufrir por amor a Dios y para la salvación de las almas. Ahí está la prueba. El Puro por excelencia fue desnudado, y los impuros le escarnecieron en su pureza. Y Nuestro Señor resistió a las burlas de la impureza. ¿No parece poca cosa que resista a la burla quien ya resistió tantos tormentos? Sin embargo, esta otra lección nos era necesaria. Por el desprecio de una criada, San Pedro lo negó. ¡Cuántos hombres habrán abandonado a Nuestro Señor por temor al ridículo! Pues si hay gente que va a la guerra a exponerse a las balas y a la muerte para no ser escarnecida como cobarde, ¿no es cierto que hay hombres que tienen más temor a una risa que a cualquier otra cosa? El Divino Maestro enfrentó el ridículo. Y nos enseñó que nada es ridículo cuando está en la línea de la virtud y del bien. Enseñadme, Señor, a reflejar en mí, la majestad de vuestro semblante y la fuerza de vuestra perseverancia, cuando los impíos quieran manejar contra mí el arma del ridículo.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

XI Estación

Jesús es clavado en la Cruz

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

La impiedad escogió para Vos, Señor mío, el peor de los tormentos finales. El peor, sí, pues es el que hace morir lentamente, el que produce mayores sufrimientos, el que más infamaba porque era reservado a los criminales más abyectos. Todo fue preparado por el infierno para haceros sufrir, ya sea en el alma, ya sea en el cuerpo. ¿Este odio inmenso no contiene para mí alguna lección? ¡Ay de mí, que jamás la comprenderé suficientemente, si no llego a ser santo! Entre Vos y el demonio, entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, hay un odio profundo, irreconciliable, eterno. Las tinieblas odian a la luz, los hijos de las tinieblas odian a los hijos de la luz, la lucha entre unos y otros durará hasta la consumación de los siglos, y jamás habrá paz entre la raza de la Mujer y la raza de la serpiente… Para que se comprenda la extensión inconmensurable, la inmensidad de este odio, contémplese todo cuanto él osó hacer. Es el Hijo de Dios que ahí está, transformado, según la frase de la Escritura, en un leproso en el cual no existe nada de sano, en un ente que se retuerce como un gusano por la acción del dolor, detestado, abandonado, clavado en una cruz entre dos vulgares ladrones. El Hijo de Dios: ¡qué grandeza infinita, inimaginable, absoluta, se encierra en estas palabras! He ahí, sin embargo, lo que el odio osó contra el Hijo de Dios.

Y toda la historia del mundo, toda la historia de la Iglesia, no es sino esta lucha inexorable entre los que son de Dios y los que son del demonio, entre los que son de la Virgen y los que son de la serpiente. Lucha en la cual no hay apenas equívoco de la inteligencia, ni sólo flaqueza, sino también maldad, maldad deliberada, culpable, pecaminosa, en las huestes angélicas y humanas que siguen a Satanás.

He ahí lo que precisa ser dicho, comentado, recordado, acentuado, proclamado, y una vez más recordado a los pies de la Cruz. Pues somos tales, y el liberalismo a tal punto nos desfiguró, que estamos siempre tendientes a olvidar este aspecto imprescindible de la Pasión.

Lo conocía bien la Virgen de las vírgenes, la Madre de todos los dolores, quien junto a su Hijo participaba de la Pasión. Lo conocía bien el Apóstol virgen que a los pies de la Cruz recibió a María como Madre, y con esto tuvo el mayor legado que jamás un hombre recibió. Porque hay ciertas verdades que Dios reservó para los puros, y niega a los impuros.

Madre mía, en el momento en que hasta el buen ladrón mereció perdón, pedid que Jesús me perdone toda la ceguera con que he considerado la obra de las tinieblas que se trama a mi alrededor.}

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

XII Estación

Jesús muere en la Cruz

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Llegó por fin el ápice de todos los dolores. Es un ápice tan alto que se envuelve en las nubes del misterio. Los padecimientos físicos alcanzaron su extremo. Los sufrimientos morales alcanzaron su auge. Otro tormento debería ser la cumbre de tan inexpresable dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” De cierto modo misterioso, el propio Verbo Encarnado fue afligido por la tortura espiritual del abandono en que el alma no tiene consolaciones de Dios. Y tal fue este tormento, que Él, de quien los evangelistas no registraron ni una sola palabra de dolor, profirió aquel grito dilacerante: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Sí, ¿por qué? ¿Por qué, si era Él la propia inocencia? Abandono terrible seguido de la muerte, y de la perturbación de toda la naturaleza. El sol se veló. El cielo perdió su esplendor. La tierra se estremeció. El velo del templo se rasgó. La desolación cubrió todo el universo.

¿Por qué? Para redimir al hombre. Para destruir el pecado. Para abrir las puertas del Cielo. El ápice del sufrimiento fue el ápice de la victoria. Estaba muerta la muerte. La tierra purificada era como un gran campo devastado para que sobre ella se edificase la Iglesia. Todo esto fue, pues, para salvar. Salvar a los hombres. Salvar a este hombre que soy yo. Mi salvación costó todo ese precio. Y yo no regatearé ningún sacrificio más para asegurar salvación tan preciosa. Por el Agua y por la Sangre que vertieron de vuestro divino Costado, por la llaga de vuestro Corazón, por los dolores de María Santísima, Jesús, dadme fuerzas para desapegarme de las personas, de las cosas que me pueden apartar de Vos. Mueran hoy, clavadas en la Cruz, todas las amistades, todos los afectos, todas las ambiciones, todos los deleites que de Vos me separaban.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

XIII Estación

Jesús es bajado de la cruz

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

El descanso del Sepulcro os aguarda, Señor. En las sombras de la muerte, abrís el Cielo a los justos del limbo mientras en la tierra, alrededor de vuestra Madre, se reúnen unos pocos fieles para tributaros honores fúnebres. Hay en el silencio de estos instantes una primera claridad de esperanza que nace. Estos primeros homenajes que os son prestados son el marco inaugural de una serie de actos de amor de la humanidad redimida, que se prolongarán hasta el fin de los siglos.

Cuadro de dolor, de desolación, pero de mucha paz. Cuadro en que se presagia algo de triunfal en los cuidados indecibles con que Vuestro Divino Cuerpo es tratado.

Sí, aquellas almas piadosas se compadecían, pero algo en ellas les hacía presentir en Vos al Triunfador glorioso.

Que yo pueda también, Señor, en las grandes desolaciones de la Iglesia, ser siempre fiel, estar presente en las horas más tristes, conservando inquebrantable la certeza de que vuestra Esposa triunfará por la fidelidad de los buenos, puesto que la asiste vuestra protección.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

XIV Estación

Jesús es colocado en el sepulcro

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Se quitó la piedra que tapaba el sepulcro. Parece que todo está acabado. Es el momento en que todo comienza. Es el reagrupamiento de los Apóstoles. Es el renacer de las dedicaciones, de las esperanzas. La Pascua se aproxima. Y al mismo tiempo, el odio de los enemigos ronda alrededor del sepulcro y de María Santísima y los Apóstoles. Pero ellos no temen. Y dentro de poco tiempo amanecerá el día de la Resurrección. Señor Jesús, que yo no tenga tampoco nada que temer. No temer cuando todo parezca perdido irremediablemente. No temer cuando todas las fuerzas de la tierra puedan parecer estar puestas en manos de vuestros enemigos. No temer porque estoy a los pies de Nuestra Señora, junto a la cual se reagruparán siempre, y siempre una vez más, para nuevas victorias, los verdaderos seguidores de vuestra Iglesia.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria.
V. Ten piedad de nosotros, Señor
R. Señor, ten piedad de nosotros
V. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz
R. Amén

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