¡Emitte Spíritum tuum et creabúntur! ¡et renovabis faciem terrae!

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¡Envía Señor tu espiritu y todo será creado! ¡Y renovarás la faz de la tierra!

Los autores espirituales hablan con frecuencia del “buen olor” de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, del perfume de las virtudes evangélicas que atrae a las almas y las hace correr en las sendas de la santificación, caminando tras las huellas del Divino Maestro.

El Sermon de la Montaña Carl Bloch, 1890

Este “buen olor” de Nuestro Señor Jesucristo expresa el brillo y atracción de la Santa Iglesia Católica, ya sea en su doctrina, en su organización, o en su vida. Evidentemente, se trata ahí de una belleza objetiva, que sólo puede ser percibida y admirada por las inteligencias rectas y por las almas de buena voluntad. No faltarán, sin embargo, en el transcurso de los siglos, personas de formación defectuosa que odian la verdad y detestan el bien, y para las cuales el “buen olor” de Nuestro Señor Jesucristo causará una impresión detestable, porque les agradan las emanaciones mefíticas del vicio y del infierno.

Entre esas dos grandes categorías de hombres –los que “corren atrás del buen olor de Nuestro Señor Jesucristo” y los que huyen de ese “olor” para respirar las emanaciones podridas del vicio– existe, desgraciadamente, una inmensa categoría de seres a los que les gusta al mismo tiempo una y otra cosa, los perfumes del Cielo y las emanaciones del infierno, detestando sinceramente tanto a los que desearían arrastrarlos hacia arriba, cuánto a los que querrían hacerlo hacia abajo.

En este día de Pentecostés, es para éstas almas que escribimos algunas líneas.

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La realidad es más compleja de lo que podría parecer a través de un análisis superficial de la alegoría de los olores del Cielo y de las exhalaciones del infierno. No es verdad que al respirar los olores del Cielo sólo sintamos satisfacción, ni que al respirar las emanaciones del infierno sólo sintamos desagrado. El pecado original nos deformó de tal manera que, aunque comprendamos la solidez de las verdades que la Iglesia predica y la belleza de las virtudes que preceptúa, sentimos inclinación hacia el error y el mal, a los cuales, por defecto nuestro, damos vida y extraña complacencia.

Por otra parte los humanos, aunque comprendamos perfectamente hacia dónde nos conduce el error y la fealdad de los vicios y de los pecados, sentimos una viva inclinación hacia el mal, en el que muchas veces nos complacemos. Así, a veces es necesario tener un verdadero heroísmo para recorrer los caminos perfumados por el “buen olor de Nuestro Señor Jesucristo”, y para que venzamos las seducciones del infierno.

Si muchos hombres acaban siguiendo una orientación uniforme, hacia arriba o hacia abajo, muchos otros, por el contrario permanecen eternamente en la situación intermediaria, en la zona limítrofe entre el bien y el mal, sin aceptar totalmente la acción de la gracia, ni estar totalmente fríos en la muerte del pecado. La escritura dice: “Conozco bien tus obras, que ni eres frío, ni caliente: ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca“. (Apocalipsis, 3, 14–15).

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Pero hay muchas maneras de ser tibio. No son tibios solamente los que viven entre el pecado y la virtud. También son tibios, aunque de modo menos grave, los que viven habitualmente en la virtud, pero la arrastran penosamente como un fardo, colocados estrictamente en el terreno del minimalismo, y firmemente decididos a no elevar sus preocupaciones más allá de la esfera del simple combate al pecado mortal.

En el orden moral, existen muchos tibios de este tipo. En el orden intelectual, son tibios aquellos que aceptan la doctrina católica, pero lo hacen sin entusiasmo y sin calor. Ellos aman ciertamente las grandes verdades enunciadas por la Iglesia, pero lo hacen con tal tibieza que detestan todas las virtudes radicales, todas las consecuencias profundas, todas las aplicaciones palpitantes e intransigentes de nuestra doctrina. Aman la verdad, pero cuanto más ella se parezca al error, cuanto más transija con la semi–verdad, tanto más la amarán. Y, por el contrario, si llegan a amar las verdades intransigentes, las verdades combatidas, las verdades odiadas por el espíritu de la época, lo hacen de mal humor, con tristeza de amar, porque no hay remedio sino amar.

En este día de Pentecostés, día de fuego y de amor, día en que el afecto sobrenatural abrasa e inspira actitudes como la de los Apóstoles, que en su vehemencia y radicalidad llevó a pensar que estaban ebrios, los tibios deben pedir un poco de esa centella que los resucitará para la vida plena de la gracia y de la verdad. Por otra parte, si todos los esfuerzos que hacemos pudiesen rendir simplemente un uno por ciento, ya estaremos plenamente recompensados. 

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