¡Y el Verbo de Dios se hizo carne! y habitó entre nosotros

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Nuestra Señora colocada en una casita pequeña, modesta, muy limpia y puesta en completo orden. Se sentó en un taburete, con material de meditación en mano. Y aparece delante de Su mirada un ángel.

Hace cuatro mil años, quizás más, la humanidad estaba esperando a Aquel que debería venir … En virtud del pecado original, los hombres estaban en caos y en un terrible desorden … No solo en el caos y el desorden, estaban en la peor de las formas de desorden, que es el desorden organizado, como el del Imperio Romano, organizado al revés, en el que todos los principios del orden están con las piernas en el aire. No solo el pueblo pagano era así, sino también el pueblo elegido. El pueblo judío, que había sido elegido para la promesa, ese mismo pueblo estaba en el mayor declive, y el mayor alejamiento de Dios Nuestro Señor. En la Tierra nada más se salvaba.

Una Virgen pura, concebida sin pecado original, y que expresamente para esta misión, esta Virgen nacería de Santa Ana y San Joaquim, y esta Virgen casada, virginalmente con San José, meditaba; y sabiendo que la única solución era la venida del Mesías, que la única solución era que viniera el Redentor de la humanidad, el Salvador, Ella meditaba, Leía la Biblia, de la cual tenía una inteligencia mayor que la que jamás nadie haya tenido, y Ella vio las promesas y pensaba en el Mesías.

Y cuando Ella, en la paz de su meditación, acababa de dar el último rastro para imaginar cómo sería Nuestro Señor Jesucristo … una Iluminación dentro del jardín aparece y un ángel le dice: «DIOS TE SALVE MARIA LLENA DE GRACIA, BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES.

Ella se perturbó y no sabía cuál era ese saludo. Entonces el ángel le explicó que Ella sería la Madre del Hijo de Dios y que la Palabra de Dios, el Mesías, nacería de Ella.

Pueden imaginar su susto humilde. Ella, que se consideraba indigna de ser la esclava de la Madre del Mesías y le pidió a Dios que le diera la gracia de conocer a la Madre del Mesías y servirla; De repente recibe este mensaje: ¿Madre del Mesías? ¡Usted será! Aún más, Madre del Mesías sola, ¡No! ¿Quién será el padre de este niño? ¡La naturaleza humana la recibirá de ti, oh María! ¿Pero cómo será la unión con Dios? ¡Serás la Esposa del Espíritu Santo! Y el Espíritu Santo divina y espiritualmente, engendrará en ti el Hijo que nacerá.

Es un tal cumulo de gracias, un tal cumulo de favores, tanta generosidad, que es difícil calcular cuán confundida se sintió Nuestra Señora en ese momento, pero al mismo tiempo elevada, porque Ella era perfecta y veía tales obras de Dios. Ella no pudo evitar alegrarse enormemente, y al ver que Dios la había elegido para tales obras, su gratitud no tenía límites y el placer de sentirse unida a Dios, la alegría de sentirse unida a Dios, debe ser en Su alma mayor que todos los mares y todos los océanos.

Sin embargo, la respuesta más humilde. No hay discusión con Dios: «¡HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR! ¡HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA!» Quiero decir, ella acepta, Dios le envía lo que Dios quiere que se haga. Ella no argumentará que no es digna; No se analizará a sí mismo. Dios lo quiere, es perfecto. Ahí está ella, ¡hágase! Y en ese instante, un misterio divino, del cual no tenemos idea, el Espíritu Santo allí, en el claustro de María, generó a Nuestro Señor Jesucristo […]

Y desde el primer instante en que este primer elemento de Su Cuerpo comenzó a existir, como Él era perfecto, comenzó a existir, comenzó a pensar; comenzó a pensar, comenzó a rezar, y sabiendo perfectamente de que Madre era Hijo, ciertamente le dijo una palabra de amor. ¿Se podría calcular cuál fue esa primera palabra de amor de Él a Nuestra Señora y cuál fue la respuesta de Nuestra Señora, sintiendo el afecto que vino de Su Hijo Dios? ¿Cómo le dijo ella? Ella dijo: ¿Dios mío? … Ella dijo: ¿Mi hijo? … No habría dicho: ¿Hijito? … ¡Cuánta riqueza de alma era necesario para responder adecuadamente a este primer afecto! ¡Qué sensación de matiz! ¡Qué sensación de situaciones! ¡Qué perfecta disposición de alma para responder perfectamente a todo y ofrecerle esta primicia incomparable: el primer acto de amor que a la raza humana le ofrecía!

Es muy hermoso en la vida de Nuestra Señora hacer la correlación entre las cosas. El primer acto de amor que le dio cuando estaba encarnado y el último acto de amor que le dio cuando murió. Porque no tengo dudas de que antes de morir le dijo, al menos con su alma, algo que Ella entendió y que fue el último acto de amor que cerró el ciclo de esta vida, que fue el acto del rey del amor a través del cual todo el amor que había tenido por Ella toda su vida se condensó en una veneración y una caricia suprema.

 Ella también. Su primer acto de amor, ¿cómo fue? ¿Cómo fue su último acto de amor por este Hijo que vio morir en esa trágica situación, tan terrible y que cuanto más sufrimiento, más y más, y más y más amaba? ¿No habría recordado en ese extremo y último momento del primer golpe, el primer intercambio de caricias?

Podemos imaginar lo que esto representa de santidad y de unión. ¡Nosotros no lo tenemos, y no podemos entrar en él, ni siquiera de lejos! ¡Cuánto misterio! Que maravilloso, Un secreto dentro del secreto.

Pero si nosotros, en una pequeña meditación, pensamos tantas cosas sobre esto, pregunto: ¿qué ha estado Ella pensando todo el tiempo desde la Encarnación hasta el nacimiento del Mesías?

En el cielo donde fue llevada Nuestra Señora, no solo en alma, sino en cuerpo y alma la veremos de cerca. Después de esta reflexión, no tendrías acaso la voluntad de acércate a Ella e imaginar que Ella en Su Trono, tan cerca del Trono del Divino Hijo, se inclina para saber lo que quieres.

¿Te imaginaste personalmente en esta situación? Acaso no le harías esta pregunta: «Mi Señora, Mi Madre, ¿puede decirme todo lo que meditó desde el momento de la Encarnación hasta el momento del nacimiento de Su Hijo? Pero quiero saberlo todo, No quiero que se ignore nada, quiero saber punto por punto y … ¡Madre mía, perdona mi atrevimiento, pero yo quisiera que Vos misma me lo digas! «… Puedes imaginar lo que sería Nuestra Señora, Regia, Magnífica, muy amable respondiendo: «Hijo, todo comenzó así…» Si eso pudiera decirse, ¡diez eternidades, cien eternidades, mil eternidades … escuchar eso… mira que maravilloso! Y quizás, si el número fuera conectable con el concepto de eternidad, mil eternidades no serían suficientes para que supiéramos todo esto que Ella pensó solo durante ese tiempo; todo cuanto Él le dijo a Ella; todo lo que Ella respondió; y todas las gracias que Le dio; y todas sus acciones de gracias; y Ella que rezó por este y por aquel y por aquel otro… ¿Quién sabe si ella estuvo allí proféticamente sabiendo la existencia de todos nosotros y orando por todos nosotros? Y qué sorpresa verla decir, de repente: «Y en ese paso, hijo mío, recé por ti».

¡Que alegría! ¡Qué conmoción! ¡Que agradecimiento! ¡Y qué cántico! Una vez que es cierto que en el cielo todos sabremos cantar.

Palabras del Doctor Plinio Correa de Oliveira.

24 de Marzo de 1984.

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